domingo, 12 de mayo de 2013

Una mujer vieja es peor que el diablo

Había una vez un joven matrimonio muy feliz. Marido y mujer se amaban con todo su corazón y siempre se llevaban bien.
Pero el diablo se propuso sembrar la discordia entre ellos. Fue a ver a una vieja alcahueta, una mujer perversa, y le ofreció un par de zapatos rojos si conseguía que los jóvenes dejaran de amarse.
La vieja puerca acepto el desafío. Se presentó ante el joven y le dijo:
-Escucha: tu esposa piensa asesinarte.
-Eso no es cierto -respondió el joven-, yo sé que mi esposa me ama de verdad.
-No -dijo la vieja-, ella está enamorada de otro y planea cortarte la garganta.
Así logró hacer que el joven temiera a su mujer. Pensaba que algo horrible podría sucerderle.

Poco después la vieja fue a ver a la esposa y le dijo:
-Tu marido no te ama.
La joven respondió de inmediato:
-Tengo un esposo fiel, y sé que me ama.
Pero la vieja replicó:
-No, él ama a otra. Deberías detenerlo. Toma una navaja, escóndela debajo de su almohada y mátalo.
Enloquecida, la pobre joven le creyó a la vieja y se puso furiosa con su marido.
Este comenzó a sospechar y, enterado por la vieja alcahueta de que su esposa había ocultado una navaja debajo de su almohada, esperó hasta que la joven estuviera dormida, tomó la navaja y la mató.
Entonces la vieja fue a ver al diablo y le exigió el par de zapatos rojos. El diablo le entregó los zapatos, pero poniéndolos al extremo de un palo largo, porque tenía miedo de ella.
-Tómalos -le dijo-. Tú eres más mala que yo.

martes, 30 de abril de 2013

El hombre de negro

Javier recogía nueces en el bosque. Entre los árboles había caminos que doblaban aquí y allá, subían, bajaban, atravesando tanto zonas dominadas por una luz crepuscular como claros luminosos. Cuando el muchacho encontraba nueces las recogía y las guardaba en un bolso, para enseguida seguir su búsqueda.
De pronto sintió que algo había cambiado. Se detuvo y miró hacia todos lados. No se escuchaba ni un ruido; los pájaros se habían ido, y arriba, entre las copas de los árboles, unas nubes grises cruzaban presurosas por el cielo.  Entonces emprendió el regreso, pero en su apuro se confundió de camino y se perdió por un buen rato.   El bosque es un lugar muy distinto cuando se aproxima una tormenta. Los animales lo presienten, huyen, se esconden, y el silencio se acentúa. Basta que disminuya un poco la luz para que los senderos luzcan diferentes.

La tormenta crecía. El cielo se nubló completamente, y entre los árboles estaba más oscuro, casi como si fuera de noche.  Repentinamente se escucharon truenos. Javier comenzó a asustarse. Un viento empezó a agitar el bosque, los árboles se retorcían, volaban hojas y caían ramas, y de pronto todo quedaba quieto, para luego volver el desbarajuste de ramas, de hojas volando por todos lados, de crujidos, rechinidos, y la oscuridad que crecía.
Súbitamente empezó a llover. Un aguacero macizo descendió del cielo chocando contra el bosque con estruendo. Pronto Javier estuvo empapado y no veía casi nada. Aunque logró volver al sendero correcto, la falta de luz y el aguacero que borroneaba todo lo hicieron dudar. Al pasar al lado de un árbol inmenso, alguien cubierto de negro hasta la cabeza salió de atrás de éste. Una especie de capucha mantenía su cara en la oscuridad. Apareció tan rápido que arrancó un grito a Javier, y en ese preciso momento estalló un rayo en el cielo, y la luz del fogonazo iluminó un instante el rostro del encapotado, y era la cara del padre de muchacho. Javier sonrió nerviosamente y tuvo que gritar para hacerse oír sobre el estruendo de la tormenta:

- ¡Papá! ¡Que susto me diste! ¡estaba medio perdido, y esta tormenta…!
- Vamos a casa -dijo el encapotado. Javier apenas lo escuchó, aun así le resultó un poco extraña la voz de aquel, y no recordaba que su padre tuviera una capa de aquel color; pero había visto su rostro, así que lo siguió.

En un campo cercano al bosque, en una casa solitaria, los padres de Javier estaban preocupados porque éste aún no regresaba, y afligidos observaban desde la ventana la tormenta que crecía furiosa afuera.     

martes, 16 de abril de 2013

Cerca de la muerte

Era una noche ventosa, con lluvia intermitente, fría, y con ese mal tiempo, muy a mi pesar,
 atravesé a pie un sinuoso camino que se pierde entre campos y bosques.
Sólo diré que discutí con la dueña de la casa en donde pensaba dormir, y por orgullo me
rehusé a que me llevara en su vehículo.
El camino estaba lleno de barro. Por momentos aumentaba la oscuridad y a duras penas
veía por dónde iba.  El viento que soplaba constantemente aullaba entre los árboles, o
silbaba sordamente en el campo.  Por momentos la noche se hacía más clara, y al mirar hacia
el cielo veía la luna, pero enseguida las nubes, moviéndose rapidamente volvían a eclipsarla.
Cuando la lluvia arreciaba el frío me calaba hasta los huesos, y al detenerse la caminata me
devolvía algo de calor.  Mi aliento parecía una bocanada de humo, y chapoteaba sobre el barro
casi líquido del camino, que indiferente a mi apuro seguía zigzagueando y perdiéndose en
la noche.

Un resplandor en el horizonte me indicó que no estaba lejos del pueblo. Mi hogar estaba
muy lejos aún, demasiado para seguir a pie; pero en aquel pueblo podría encontrar algún
resguardo donde esperar el amanecer y un transporte que me llevara hasta mi hogar.
Ya veía algunas casas cuando el cielo se volvió a despejar, y unos enormes árboles, iluminados
por la luna, me dejaron bajo su sombra, y al salir a la claridad vi que a mi derecha comenzaba
el muro del cementerio.   Caminé unos pasos más y empecé a escuchar un murmullo de terror
que venía de aquel campo santo. Me pareció similar a los cantos gregorianos. Sonaba como un coro
cantando en un lugar con mucha acústica, un coro de voces graves y melancólicas. Entonaban
algo en un idioma que desconozco; pero aún sin entenderlo sentía que estaba asociado a la muerte.

Enseguida experimenté un increíble bajón de energía, como si mis fuerzas se desvanecieran.
Y el coro seguía entonando su aterradora melodía. Era triste, lenta, y el sonido reverberaba como su estuviera en un templo, y era el sonido de la muerte, de procesiones fúnebres, de discursos al pie de un ataúd, de cuerpos inertes con los brazos cruzados sobre el pecho, de deudos llorando… Y
en medio de todo eso, unas cabezas asomaron sobre el muro, y en el portón se estiraron uno
brazos y me llamaron haciendo señas con las manos.
Me tambalee, casi caí, pero seguí andando. Estaba seguro que si me quedaba allí sería mi fin.
Al superar el muro del cementerio dejé de escuchar al espectral coro, y recobré la energía, entonces
seguí sin voltear. En el pueblo encontré un bar que todavía estaba abierto, y me alegré al ver que en un rincón ardía una chimenea.   Por lo que demoré en calentarme sé que estuve a punto de morir de frío.

miércoles, 27 de marzo de 2013

Bajo la piel

Favio se despertó de golpe y quedó sentado en la cama, escuchando. Estaba de noche y afuera de la casa había un gran alboroto. Los caballos relinchaban en el establo, y desde el corral cercano llegaba el balido asustado de las ovejas.
Favio trabajaba en aquel establecimiento rural. Esa noche se hallaba solo, cosa que no pasaba muy seguido, por eso Favio maldijo su suerte mientras se calzaba apresuradamente. Antes de salir buscó la escopeta y la cargó mientras seguía maldiciendo en voz baja.
La noche no era oscura; una media luna se encontraba en la cumbre del cielo. Salió al patio y echó una rápida mirada hacia las otras casas, temiendo que en alguna de las ventanas se recortara la silueta de un invasor. Un ruido leve lo hizo girar hacia la sombra de un naranjo, y de la negrura de esa sombra salió al trote, andando en cuatro patas, una figura que no era humana. La aparición repentina de aquel ser peludo lo impactó un instante, pero enseguida reconoció aquella figura: era el “Oso”, el perro del lugar. El perro, que era enorme, fue hasta donde estaba Favio. Éste le acarició la cabeza y dijo en voz baja:
- Estás viejo y sordo, “Oso”. Vaya guardián que es este perro.

Pero a pesar de decir eso, Favio se sintió un poco más tranquilo al estar acompañado por aquel perrazo. Juntos fueron rumbo al corral. Pasaron al lado del establo; como éste se mantenía cerrado siguió hasta el corral. Las ovejas se apretujaban en el otro extremo. Las que estaban en el exterior del tumulto intentaban avanzar hacia el medio de él a los pechazos; todo esto entre balidos de terror.
“Lo que las asusta tiene que estar muy cerca de aquí”, pensó Favio.     Al sentir que algo le tocó la espalda  saltó hacia adelante con un grito. El mismo susto lo hizo girar rápidamente. La cosa que se parecía al perro se alejaba ahora corriendo sobre sus dos patas traseras, erguido como un hombre, y lanzando una especie de carcajada como la que emiten las hienas.   Cuando Favio apuntó la criatura ya iba muy lejos, y con su silueta desapareció también la carcajada espeluznante.
Cuando llegó el día Favio resolvió parte del misterio al encontrar la piel del “Oso”, y luego su cuerpo despellejado; pero nunca supo qué era aquella criatura, pues ningún humano asustaría tanto a los animales sólo con su presencia, ni podría adoptar la forma de un perro; y a Favio le recorría un escalofrío por la espalda al recordar que había acariciado la cabeza de aquella cosa.

martes, 19 de marzo de 2013

El planeta del terror

Los exploradores espaciales estaban confundidos con aquel planeta. Desde la órbita, los instrumentos indicaban que había vida en él, pero las lecturas eran raras, imprecisas.
A pesar de la poca información que se tenía sobre el planeta, se resolvió enviar una nave para explorarlo. Un grupo de cinco astronautas bajó a la superficie. En la nave iba el capitán Jonson y sus subordinados: Smith, Anderson, Ortega y Lambert.
Desde la consola de la nave confirmaron el tipo de atmósfera que había en el lugar. Salieron con sus trajes espaciales puestos, pues la atmósfera era mortal para los humanos. Sin alejarse de la nave echaron un vistazo al tétrico paisaje del planeta.
Unas nubes muy oscuras se convulsionaban en el cielo; cruzaban velozmente, se arremolinaban, y toda esa actividad generaba relámpagos, pero a pesar de esa tormenta no caía ni una gota de agua.
La superficie era extrañamente parecida a un bosque terrestre. Los exploradores se miraron desconcertados.

- Aquí no puede existir este tipo de vida -dijo Anderson, mirando a su capitán.
- Es cierto - afirmó Jonson -. Con esta atmósfera no podría existir una vegetación así.

Como en toda exploración, cada uno llevaba un arma, y mirando hacia todos lados les quitaron los seguros: algo no estaba bien en aquel planeta.
De pronto, de atrás de un árbol surgió una niña pequeña que cargaba un muñeco en sus brazos.
La niña tenía el rostro inmóvil y la mirada inexpresiva, como si fuera una muñeca; en cambio el muñeco los miraba con malicia y sonreía.

- ¿¡Qué diablos es eso, capitán!? -exclamó Ortega, apuntando hacia el muñeco.
- ¡Tranquilos! No disparen. No creo que sea lo que parece, es… es algo más -dijo Jonson.

Enseguida hizo su aparición otro personaje. Era un lobo con cabeza de hombre. Aquella criatura caminó de un lado para el otro como una fiera enjaulada sin dejar de mirarlos, después se sentó sobre sus patas traseras.
Anderson gritó de repente; le habían tocado el hombro. Saltó hacia adelante y se volvió rápidamente; los otros también giraron, y entonces vieron a una persona sin rostro, que, extendiendo sus brazos buscaba dando manotazos al aire. Y en ese momento brotaron de todas partes unos gritos espeluznantes, carcajadas malignas y gruñidos roncos, y unas brujas calvas y decrépitas salieron volando del bosque aterrador y cruzaron por encima de grupo lanzando gritos y carcajadas.

- ¡Maldito planeta aterrador! -gritó Anderson - ¡Nos quiere matar de un susto!
- Aparentemente sí. Debemos irnos de aquí. Esas cosas no pueden ser reales -observó Jonson, y agregó-. Dispárenles para ver cómo reaccionan.

Los hombres abrieron fuego; las criaturas ni se inmutaron, no eran reales.
Subieron a la nave y despegaron. En la nave principal dieron su reporte, que estaba respaldado por los videos que habían filmado las cámaras que llevaban en los cascos de los trajes espaciales.
Los científicos llegaron a la conclusión de que todo aquello era una especie de ilusión creada por algún ser con grandes poderes. Al planeta se lo llamó “El planeta del terror”. 

lunes, 25 de febrero de 2013

Espanto en el baúl

Transitaba por la ruta que me llevaría a la casa de mis padres, a los cuáles no veía desde hacía un largo tiempo. Era la primera vez que iba por este camino y me pareció bueno, pues había pocos autos y podía ir ligero. El único inconveniente era que las estaciones de servicios estaban muy alejadas unas de otras, y un problema con el vehículo me significarían muchas horas de espera.

Parecía una tarde que iba a ser soleada, sin embargo y sin previo aviso, comenzó a llover y un gran viento se levantó. Era tan fuerte que lograba mover el auto hacia un costado; incluso hasta tenía miedo de que me hiciera chocar con otro vehículo que venga del lado contrario. También hacía que se agiten las hojas de los árboles de tal manera que me mareaban y lograban desconcertarme.

Pasaron los minutos; la lluvia se hizo más fuerte y ya no podía ver los letreros que pasaban a los costados. El manejar se me hacía cada vez más dificultoso e incluso el volante se me escapaba de las manos, como si el viento mismo condujera el auto hacia mi destino.

El caer de las gotas de lluvia sobre el auto era tan intenso que no me dejaban escuchar ni siquiera el motor, entonces encendí la radio. Oí en las noticias que los vientos superaban los ciento veinte kilómetros por hora y por esto, decidí disminuir la velocidad. Creía que yendo más lento no tendría ningún problema conduciendo, pero me equivoqué. De repente un golpe seco se sintió sobre el parabrisas y un alarido retumbó, pero fue acallado rápidamente por la lluvia. El miedo me invadió, pues había atropellado a alguien. Frené y detuve el motor. Me quedé inmóvil en el auto; me pareció que pasaron unos minutos y miré hacia el parabrisas: había sangre, pero ninguna marca de un golpe...

Mi mirada permanecía sobre la sangre. Parecía que la fuerte lluvia no quería que me olvide de que agonizaba alguien afuera, pues no lavaba la mancha.

Abrí la guantera muy nervioso, tomé el impermeable y me lo puse. Jamás había tardado tanto en abrir la puerta del auto... tenía miedo de enfrentarme a la realidad.

Ya afuera comencé a buscar a quien había atropellado, pero ni siquiera había rastros de que algo hubiera pasado allí. Estuve unos minutos recorriendo el lugar, pero no encontraba nada. ¿Podía ser que lo que atropellé se haya escapado? Regresé al automóvil y sorprendido, vi manchas de sangre sobre el asiento; pero rápidamente me tranquilicé, pues seguramente cuando abrí la puerta del auto las gotas sobre el parabrisas habían entrado.

Encendí el vehículo y continué con mi camino. Me autoconvencí de que no podía haber sido una persona lo que había atropellado, pues nadie en su sano juicio estaría a merced de esta tormenta infernal ni tampoco en una ruta completamente vacía. Ya me sentía mejor, casi no estaba nervioso, pero no sabía que esto recién comenzaba...

El auto se detuvo justamente cuando un aterrador rayo se disparó desde las nubes. Había combustible, las baterías estaban cargadas, el auto era nuevo... ¿Cómo es que se detuvo? Tampoco había forma de que arrancara, los intentos por hacerlo eran en vano.

Me bajé del auto sin impermeable, pues no me importaba, igualmente estaba todo mojado. Logré llevar el auto fuera de la ruta y luego entré nuevamente. En ese momento decidí quedarme a dormir allí, pues ya oscurecía.

Comenzaba a dormirme, pero un extraño ruido me despertó. La lluvia había parado y ya era de noche. Miré hacia el asiento trasero, pero no había nada, entonces me quedé atento, esperando otra vez ese ruido. Pasaron varios minutos y nuevamente se repitieron. Estaba desconcertado, me intrigaba saber de dónde provenían los ruidos y entonces decidí salir del vehículo.

domingo, 27 de enero de 2013

Bailando

Había una vez un solitario joven que vivia en el 8vo piso de un edificio de apartamentos. El joven solia mirar por la ventana pensando si algun dia encontraria el amor verdadero. Un dia, el hombre descubre la silueta de una mujer bailando en circulos en un apartamento frente a su edificio. La cortina del apartamento se encontraba corrida asi que el solo podia ver su silueta. Todos los dias el joven se asomaba a la ventana y veia a la mujer bailando desde su apartamento. El joven se enamoro de la mujer y decidio ir a visitarla. El joven llevaba flores y se dirigio hacia el edificio de enfrente. El joven toco la puerta pero nadie contestaba. El joven trato y trato y nada. Le parecio extraño que nadie abriera la puerta si habia visto a la mujer bailando minutos atrás. El joven se preocupo de que algo le pudiera haber pasado y decidio entrar a la fuerza. El joven tumbo la puerta y lo que vio le rompio el corazon. La mujer se habia colgado del techo frente a la ventana y su cuerpo se tambaleaba de lado a lado, como si estuviera bailando.